Buenas de nuevo, buenas como siempre para anunciar algo que nunca había dicho:
Sabes cuantas cosas hemos compartido, cuantos sueños que soñamos juntos o que soñándolos uno solo se hicieron cuando los compartimos, sabes cuantas heridas nos hemos hecho y hemos superado, cuantos caminos que descubrimos juntos, cuantas tardes sin hacer nada, cuantas esperas juntos, cuanta nada y cuanto todo, cuantos dolores compartidos que cargó el otro, cuantos muros rotos casi tantos como platos o vasos, cuanto abismos imposibles que al final trepamos, cuanto... demasiado para repetirlo en una trsite y fría enumeración.
Pero hoy era para contarte algo diferente: Quería que supieras que después de todo eres la persona que más cerca siento que más parte de mi forma la primera que me es imposible imaginar mi vida sin ti... Que eres parte de mi vida y cuando digo vida no me refiero a mi historia a mi pasado, a mis recuerdos a mis cicatrices... Cuando vida me refiero al presente a lograr algo y quere compartirlo contigo , a robar un beso y darte tu parte dle botín en forma de historia; por poner un ejemplo entre miles. Cuando digo vida es necesitar que estés en mis logros en mis caidas, en mis conquistas, en mi rutina... También en mi mañana y en la rutina del mañana y las modestas cumbres que alcance y los pequeños abismos en los que caiga espero encontrar tu mano para devolverme a la realidad....
Simplemente que te quiero...
Simplemente...
te quiero
En un sobre cerrado pueden caber todas las historias del mundo o ninguna, llanto, risas, versos, sonrisas, besos, sueños, magia, miedos, esperanza, fe, ideas, pensamientos, locuras, canciones, despedidas, pesadillas, corazones, olvidos, abrazos... Pero para el que lo recibe; un sobre cerrado siempre contiene ilusión.
lunes, 10 de noviembre de 2008
viernes, 24 de octubre de 2008
A Marga
Buenas niña:
Me conoces poco pero soy aficionado a mandar cartas complicadas para decir las cosas más simples. En este caso sólo te quería decir que eres la mujer más bella de mi vida. Para comenzar a complicar una expresión tan sencilla cabe matizar, en primer lugar, que cuando digo "de toda mi vida" no me refiero a lo que ya he vivido sino también a los años que me quedan por vivir. Cando te ví supe que eres la belleza; la persona con quien debo comparar a partir de ahora al resto de mujeres, sabiendo que nunca te alcanzarán. Teniendo la certeza de que mi destino no me guarda nadie más bella que tú. Eso no implica que no hayan chicas más preciosas que tú, no te confundas. Solo implica que tengo la certeza de que esas mujeres no rozarán mi vida. También cabe matizar que no digo esto como una maldición o una premonición nefasta que me perseguirá. No. Estoy contento por haberte visto una vez. Estoy feliz por ello. No puedo decir nada en contra de ese destino que me ha tocado. Solo esperar que se cumpla recordando tu imagen. Ampliándola, deformándola a mejor, creando de ti un mito, y así durante toda mi vida seguir defendiendo este texto con calma y certezas de loco.
Como ves al final he podido cumplir lo que me prometí: Complicar lo suficiente una idea sencilla.
Mil besos.
Se feliz.
Me conoces poco pero soy aficionado a mandar cartas complicadas para decir las cosas más simples. En este caso sólo te quería decir que eres la mujer más bella de mi vida. Para comenzar a complicar una expresión tan sencilla cabe matizar, en primer lugar, que cuando digo "de toda mi vida" no me refiero a lo que ya he vivido sino también a los años que me quedan por vivir. Cando te ví supe que eres la belleza; la persona con quien debo comparar a partir de ahora al resto de mujeres, sabiendo que nunca te alcanzarán. Teniendo la certeza de que mi destino no me guarda nadie más bella que tú. Eso no implica que no hayan chicas más preciosas que tú, no te confundas. Solo implica que tengo la certeza de que esas mujeres no rozarán mi vida. También cabe matizar que no digo esto como una maldición o una premonición nefasta que me perseguirá. No. Estoy contento por haberte visto una vez. Estoy feliz por ello. No puedo decir nada en contra de ese destino que me ha tocado. Solo esperar que se cumpla recordando tu imagen. Ampliándola, deformándola a mejor, creando de ti un mito, y así durante toda mi vida seguir defendiendo este texto con calma y certezas de loco.
Como ves al final he podido cumplir lo que me prometí: Complicar lo suficiente una idea sencilla.
Mil besos.
Se feliz.
martes, 2 de septiembre de 2008
Al que logró un imposible
Buenas jefe:
Supongo que la simple satisfacción, el orgullo propio; hacen que estas palabras no tengan demasiado sentido. Al menos, no más sentido que el de una anécdota dentro de este momento. Aún así quería hacerlo. Felicidades. Lograr un imposible es algo que puede parecer difícil y solo por eso lo es. Recuerdo cuando me decías que era imposible. Cuando todos te decíamos que en realidad era simple; aunque ninguno sabía cómo hacerlo. Cuando te decíamos que un día te despertarías y el imposible sería un hecho. Sin más; como los grandes hitos de la vida. Y ahora lo ves.
En un tiempo quizás el imposible que ahora es parte de tu vida, se confunda entre rutina y sonido de fondo y vuelvas a sentir como que eso es la vida y como si todo lo de fuera fuera un imposible. Espero que tarde y que cuando este imposible lo veas como algo que tarde o temprano ocurriría, como algo inexorable, necesario... Que entonces, como mínimo, no dejes de creer que los imposibles una mañana llegan... Sin grandes avisos... Sin más... Como si desde siempre hubieran estado alli... Como los grandes hitos de la vida...
Espero que en un tiempo sigan creyendo que los imposibles no lo son tanto y que, tal vez, releyendo estas palabras que hoy no te dicen demasiado, siendo una mera anécdota dentro del momento, comprendas y creas que los imposibles llegan sin más... Como si desde siempre hubieran estado allí...
Mil besos
Al
Supongo que la simple satisfacción, el orgullo propio; hacen que estas palabras no tengan demasiado sentido. Al menos, no más sentido que el de una anécdota dentro de este momento. Aún así quería hacerlo. Felicidades. Lograr un imposible es algo que puede parecer difícil y solo por eso lo es. Recuerdo cuando me decías que era imposible. Cuando todos te decíamos que en realidad era simple; aunque ninguno sabía cómo hacerlo. Cuando te decíamos que un día te despertarías y el imposible sería un hecho. Sin más; como los grandes hitos de la vida. Y ahora lo ves.
En un tiempo quizás el imposible que ahora es parte de tu vida, se confunda entre rutina y sonido de fondo y vuelvas a sentir como que eso es la vida y como si todo lo de fuera fuera un imposible. Espero que tarde y que cuando este imposible lo veas como algo que tarde o temprano ocurriría, como algo inexorable, necesario... Que entonces, como mínimo, no dejes de creer que los imposibles una mañana llegan... Sin grandes avisos... Sin más... Como si desde siempre hubieran estado alli... Como los grandes hitos de la vida...
Espero que en un tiempo sigan creyendo que los imposibles no lo son tanto y que, tal vez, releyendo estas palabras que hoy no te dicen demasiado, siendo una mera anécdota dentro del momento, comprendas y creas que los imposibles llegan sin más... Como si desde siempre hubieran estado allí...
Mil besos
Al
lunes, 25 de agosto de 2008
A la chica del viernes
Buenas Chica del viernes:
Siento el epíteto pero soy tremendamente malo para los nombres. En aquellos dos minutos no dio demasiado tiempo para que me conocieses; pero si lo lo hubieras hecho sabrías, casí en primer lugar, que soy muy malo para recordar nombres. Por eso tengo que buscar un apodo. Si me hubieras dicho que sí la carta habría comenzado con "buenas chica de esta noche". Pero no fue así y cuando te dije que si quedabamos el sábado me dijiste que no. Me dijiste que estarías en casa esperando la llamada de otro chico, que no te llamaría.
Tu sinceridad me fascinó; solo por ella te has ganado esta carta. Tu sinceridad conmigo y contigo. No tuve siquiera ganas de preguntarte la causa de tu certeza sobre que no te llamaría. Supuse una historia triste o, lo que es peor, una historia igual a todas las historias que cuentan esperanzas sin llegar. Por ello no te pregunté. Creí mucho mejor dejar la duda que en mi cabeza se tornaría épica: La mujer más sorprendente del mundo esperando que el hombre de su vida la llame aún sabiendo que eso no suciedera y, mientras, fuera de plano, un poeta escribiéndote una carta sin que tu lo sepas y dándote, en las ombras, parte del amor que reclamas, que mereces.
Eso sería un bello cuento. Por eso no te pregunte la causa. Porque así puedo creer esa fábula. Aunque en realidad sé que tú, chica del viernes, no eres la mujer más sorprendente del mundo; ni él -el que no te llamará- el hombre de tu vida si no más bien un chico educado en los gimnasios por lo que no puede entender las luces que hay en cada sombra; ni yo soy un poeta. Por ello no te pregunté el por qué. Para que esta fantasía, en la que finalmente yo soy un poeta, pueda ser.
Por ello esta carta, aunque tú estes mirando el telefono de reojo y me recuerdes, si es que me recuerdas, como otro más...
Por ello esta carta
Te mando el beso que no quisiste darme, por si el que no llegará llegaba.
Alejandro
Siento el epíteto pero soy tremendamente malo para los nombres. En aquellos dos minutos no dio demasiado tiempo para que me conocieses; pero si lo lo hubieras hecho sabrías, casí en primer lugar, que soy muy malo para recordar nombres. Por eso tengo que buscar un apodo. Si me hubieras dicho que sí la carta habría comenzado con "buenas chica de esta noche". Pero no fue así y cuando te dije que si quedabamos el sábado me dijiste que no. Me dijiste que estarías en casa esperando la llamada de otro chico, que no te llamaría.
Tu sinceridad me fascinó; solo por ella te has ganado esta carta. Tu sinceridad conmigo y contigo. No tuve siquiera ganas de preguntarte la causa de tu certeza sobre que no te llamaría. Supuse una historia triste o, lo que es peor, una historia igual a todas las historias que cuentan esperanzas sin llegar. Por ello no te pregunté. Creí mucho mejor dejar la duda que en mi cabeza se tornaría épica: La mujer más sorprendente del mundo esperando que el hombre de su vida la llame aún sabiendo que eso no suciedera y, mientras, fuera de plano, un poeta escribiéndote una carta sin que tu lo sepas y dándote, en las ombras, parte del amor que reclamas, que mereces.
Eso sería un bello cuento. Por eso no te pregunte la causa. Porque así puedo creer esa fábula. Aunque en realidad sé que tú, chica del viernes, no eres la mujer más sorprendente del mundo; ni él -el que no te llamará- el hombre de tu vida si no más bien un chico educado en los gimnasios por lo que no puede entender las luces que hay en cada sombra; ni yo soy un poeta. Por ello no te pregunté el por qué. Para que esta fantasía, en la que finalmente yo soy un poeta, pueda ser.
Por ello esta carta, aunque tú estes mirando el telefono de reojo y me recuerdes, si es que me recuerdas, como otro más...
Por ello esta carta
Te mando el beso que no quisiste darme, por si el que no llegará llegaba.
Alejandro
miércoles, 28 de mayo de 2008
A una persona especial
El texto anterior ha sido inspirado en mis propias situaciones al leer este artículo de Arturo Pérez-Reverte, publicado en El Semanal el 21 de enero de 2007. Sin desperdicio.
Todo el mérito es tuyo; tienes mi palabra de honor. Quizá el botín de tan larga campaña –y lo que te queda todavía– no sea lo dorado y brillante que uno espera cuando la inicia, a los doce o trece años, con los ojos fascinados de quien se dispone a la aventura. Pero es un botín, es tuyo, es lo que hay, y es, te lo aseguro, mucho más de lo que la mayor parte de quienes te rodean obtendrán en su miserable y satisfecha vida. Tú has abordado naves más allá de Orión, recuerda. Tienes la mirada de los cien metros, esa que siempre te hará diferente hasta el final. Fuiste, vas, irás, esos cien metros más lejos que los otros; y durante la carrera, hasta que suene el disparo que le ponga fin, habrás sido tú y habrás sido libre, en vez de quedarte de rodillas, cómoda y estúpida, aguardando.
Ahora sabes que todo merece la pena. La larga travesía por ese mundo de méritos numéricos y ausencia de reconocimiento, donde te viste obligada a arrastrar contigo al niño de papá, al tonto del haba, al inútil carne de matadero, con tal de llevar a buen término el trabajo para el que te bastabas en solitario. Has crecido y sabes que las oportunidades no estaban en los otros, sino en ti. Que no había nada malo en aquella chica tímida que se llevaba libros a las horas libres de tutoría; que buscaba la mirada de los profesores inteligentes, no para hacerles la pelota, sino por sentirse cómplice y no estar sola. La jovencita que sobrecargaba la mochila con El guardián entre el centeno o El señor de los anillos, que en la excursión del cole a Madrid prefería ver el Planetario, el Prado o el Reina Sofía a dejarse la garganta en el parque de atracciones. Que se enfrentaba a la hostilidad de compañeros cretinos porque era la única que había leído las Sonatas de Valle-Inclán o sabía quién era Wilkie Collins. Ahora que miras hacia atrás con madurez, comprendes que cada vez que alguien ninguneó tu forma de ser, te insultó, te miró por encima del hombro, no hizo sino precipitar tu aprendizaje y tu lucidez. Tu certeza de ser mejor, más despierta y diferente.
Mírate ahora. Qué lejos estás de tanto borrego y tanto buey. Entras en la edad adulta sin que nadie pueda imponerte una sonrisa falsa cuando el mundo y su estupidez, su envidia, su mezquindad, te hagan fruncir el ceño. Ahora tienes la certeza de que no te equivocaste, y de que la niña callada en el banco del fondo puede ser vengada por la mujer que hoy la recuerda. Sabes ya que puedes ser feliz a tu manera y no a la de otros, con tus libros, con tus películas, con tu familia, con esos amigos que no sabes cuánto tiempo van a durar y por eso aprecias tanto, con la mirada serena que ahora posas a tu alrededor, en la calle, en el trabajo, en la vida. En la muerte. Ahora sabes que la virtud, en el más hondo sentido de la palabra, está en ese aguante de tantos años, cuando cerca estuvieron de convertirte en otra. Comprendes al fin que los malos profesores son un accidente sin demasiada importancia, pues eres tú quien aprende; y la vida, incluso con sus insultos, con sus malvados, con sus tragedias, con sus reglas implacables, la que te enseña. Nadie dijo que fuera fácil.
El otro día fuiste a ver Salvador y saliste del cine asombrada, llorando. No por la película, ni por la suerte del protagonista, sino por la certeza de que los ideales de aquel muchacho ya no tienen sentido, porque ninguno los sustituye ahora, porque la gente de tu edad se divide en dos grandes grupos: una minoría de analfabetos desorientados, pasto de demagogia barata en manos de políticos sin escrúpulos, y una masa inerte cuya única aspiración es salir en Gran Hermano o ponerse hasta arriba el sábado por la noche; jóvenes con garganta y sin nada que gritar, que se irían por la pata abajo puestos en la piel de Salvador Puig Antich, o a los que, viendo El crimen de Cuenca, la sola visión del garrote vil haría cerrar los ojos con escalofríos en la nuca. Pero tus lágrimas, amiga, demuestran que tienes razón. Que no te equivocaste al amar al conde de Montecristo y al Gabriel Araceli de Galdós, al buscar el secreto genial de un soneto de Borges o Quevedo, al transitar, jugándotela, por los senderos sin carteles luminosos en los pasillos oscuros de la Historia. Al hacer de cada esfuerzo, de cada miedo, de cada desengaño, de cada ilusión y de cada libro, un martillo con el que picar los muros espesos que te rodean.
Y si algún día tienes hijos, intenta que sean como tú. Como esos tipos flacos de los que hablaba Julio César, a la manera de Casio: gente de dormir inquieto, peligrosa y viva. La que quita el sueño a los apoltronados y a los imbéciles.
Todo el mérito es tuyo; tienes mi palabra de honor. Quizá el botín de tan larga campaña –y lo que te queda todavía– no sea lo dorado y brillante que uno espera cuando la inicia, a los doce o trece años, con los ojos fascinados de quien se dispone a la aventura. Pero es un botín, es tuyo, es lo que hay, y es, te lo aseguro, mucho más de lo que la mayor parte de quienes te rodean obtendrán en su miserable y satisfecha vida. Tú has abordado naves más allá de Orión, recuerda. Tienes la mirada de los cien metros, esa que siempre te hará diferente hasta el final. Fuiste, vas, irás, esos cien metros más lejos que los otros; y durante la carrera, hasta que suene el disparo que le ponga fin, habrás sido tú y habrás sido libre, en vez de quedarte de rodillas, cómoda y estúpida, aguardando.
Ahora sabes que todo merece la pena. La larga travesía por ese mundo de méritos numéricos y ausencia de reconocimiento, donde te viste obligada a arrastrar contigo al niño de papá, al tonto del haba, al inútil carne de matadero, con tal de llevar a buen término el trabajo para el que te bastabas en solitario. Has crecido y sabes que las oportunidades no estaban en los otros, sino en ti. Que no había nada malo en aquella chica tímida que se llevaba libros a las horas libres de tutoría; que buscaba la mirada de los profesores inteligentes, no para hacerles la pelota, sino por sentirse cómplice y no estar sola. La jovencita que sobrecargaba la mochila con El guardián entre el centeno o El señor de los anillos, que en la excursión del cole a Madrid prefería ver el Planetario, el Prado o el Reina Sofía a dejarse la garganta en el parque de atracciones. Que se enfrentaba a la hostilidad de compañeros cretinos porque era la única que había leído las Sonatas de Valle-Inclán o sabía quién era Wilkie Collins. Ahora que miras hacia atrás con madurez, comprendes que cada vez que alguien ninguneó tu forma de ser, te insultó, te miró por encima del hombro, no hizo sino precipitar tu aprendizaje y tu lucidez. Tu certeza de ser mejor, más despierta y diferente.
Mírate ahora. Qué lejos estás de tanto borrego y tanto buey. Entras en la edad adulta sin que nadie pueda imponerte una sonrisa falsa cuando el mundo y su estupidez, su envidia, su mezquindad, te hagan fruncir el ceño. Ahora tienes la certeza de que no te equivocaste, y de que la niña callada en el banco del fondo puede ser vengada por la mujer que hoy la recuerda. Sabes ya que puedes ser feliz a tu manera y no a la de otros, con tus libros, con tus películas, con tu familia, con esos amigos que no sabes cuánto tiempo van a durar y por eso aprecias tanto, con la mirada serena que ahora posas a tu alrededor, en la calle, en el trabajo, en la vida. En la muerte. Ahora sabes que la virtud, en el más hondo sentido de la palabra, está en ese aguante de tantos años, cuando cerca estuvieron de convertirte en otra. Comprendes al fin que los malos profesores son un accidente sin demasiada importancia, pues eres tú quien aprende; y la vida, incluso con sus insultos, con sus malvados, con sus tragedias, con sus reglas implacables, la que te enseña. Nadie dijo que fuera fácil.
El otro día fuiste a ver Salvador y saliste del cine asombrada, llorando. No por la película, ni por la suerte del protagonista, sino por la certeza de que los ideales de aquel muchacho ya no tienen sentido, porque ninguno los sustituye ahora, porque la gente de tu edad se divide en dos grandes grupos: una minoría de analfabetos desorientados, pasto de demagogia barata en manos de políticos sin escrúpulos, y una masa inerte cuya única aspiración es salir en Gran Hermano o ponerse hasta arriba el sábado por la noche; jóvenes con garganta y sin nada que gritar, que se irían por la pata abajo puestos en la piel de Salvador Puig Antich, o a los que, viendo El crimen de Cuenca, la sola visión del garrote vil haría cerrar los ojos con escalofríos en la nuca. Pero tus lágrimas, amiga, demuestran que tienes razón. Que no te equivocaste al amar al conde de Montecristo y al Gabriel Araceli de Galdós, al buscar el secreto genial de un soneto de Borges o Quevedo, al transitar, jugándotela, por los senderos sin carteles luminosos en los pasillos oscuros de la Historia. Al hacer de cada esfuerzo, de cada miedo, de cada desengaño, de cada ilusión y de cada libro, un martillo con el que picar los muros espesos que te rodean.
Y si algún día tienes hijos, intenta que sean como tú. Como esos tipos flacos de los que hablaba Julio César, a la manera de Casio: gente de dormir inquieto, peligrosa y viva. La que quita el sueño a los apoltronados y a los imbéciles.
Carta a quien dejo de creer en los hombres buenos
Buenas niña:
Te escribo esta carta ahora que es cuando más debería callar. Como un mero gesto de arrogancia o de estupidez. Te escribo ahora que parece que el tiempo te ha dado la razón, en aquella antigua -puede que olvidada- conversación sobre si nadie era bueno. Dijiste que yo era especial, que, tal vez fuese la excepción a la regla. Por desgracia habría que esperar a mi muerte para confirmar en caso de que fuese afirmativo. Como ves soy como todos; más o menos. Por desidia, estupidez e incluso por egoísmo uno comete errores. Es cierto me he equivocado. Pero no quiero que creas tener la razón. No soy la excepción a la regla; es cierto, pero eso no significa que dicha excepción no exista. Pensar eso sería un acto de estupidez en los silogismos lógicos.
Me he dado cuenta de que uno cree en las grandes ideas. Amor, pasión, sacrificio, bondad, altruismo... Y que deja de creer en ellas, no cuando la sociedad le dice y remarca que es un estúpido por creer tales cosas, si no cuando los propios actos acaban por cumplir paso a paso la profecia. En ese instante uno puede optar por considerar que ha traicionado los principios e ideas tan elevados y limpios o, por el contrario, creer lo que dice la gente. En esta segunda opción encontramos la posibilidad de no traicionar el ideal, de no ser unos desertores o demasiado débiles. En esta segunda opción no hay ideal; somos como somos. Somos como "todos". Así pues cuando uno engaña a quien amó deja de creer en el amor no en sí mismo.
En mi caso (que conste que esto no es ninguna muestra de establecer un matiz de diferencia entre yo y todos -esta vez sin comillas-) he optado por seguir creyendo en el ideal. Soy un traidor. He sido demasiado débil para hacer lo correcto o para no hacer lo incorrecto. Pero creo, sin duda que hay alguna excepción que confirme la regla.
Como dijiste todos son unos cabrones, hoy te puedo decir que yo soy un cabrón, que todos son cabrones, pero que hay excepciones a la regla. Valientes a los que admiro. Así como creo en las expceciones a cuantos ideales he traicionado. Busca... No dejes de creer en los ideales porque hay personas que aun creen y luchan por ellos, que caminan buscándote, y que necesitan encontrarte...
Frd. Alejandro
Te escribo esta carta ahora que es cuando más debería callar. Como un mero gesto de arrogancia o de estupidez. Te escribo ahora que parece que el tiempo te ha dado la razón, en aquella antigua -puede que olvidada- conversación sobre si nadie era bueno. Dijiste que yo era especial, que, tal vez fuese la excepción a la regla. Por desgracia habría que esperar a mi muerte para confirmar en caso de que fuese afirmativo. Como ves soy como todos; más o menos. Por desidia, estupidez e incluso por egoísmo uno comete errores. Es cierto me he equivocado. Pero no quiero que creas tener la razón. No soy la excepción a la regla; es cierto, pero eso no significa que dicha excepción no exista. Pensar eso sería un acto de estupidez en los silogismos lógicos.
Me he dado cuenta de que uno cree en las grandes ideas. Amor, pasión, sacrificio, bondad, altruismo... Y que deja de creer en ellas, no cuando la sociedad le dice y remarca que es un estúpido por creer tales cosas, si no cuando los propios actos acaban por cumplir paso a paso la profecia. En ese instante uno puede optar por considerar que ha traicionado los principios e ideas tan elevados y limpios o, por el contrario, creer lo que dice la gente. En esta segunda opción encontramos la posibilidad de no traicionar el ideal, de no ser unos desertores o demasiado débiles. En esta segunda opción no hay ideal; somos como somos. Somos como "todos". Así pues cuando uno engaña a quien amó deja de creer en el amor no en sí mismo.
En mi caso (que conste que esto no es ninguna muestra de establecer un matiz de diferencia entre yo y todos -esta vez sin comillas-) he optado por seguir creyendo en el ideal. Soy un traidor. He sido demasiado débil para hacer lo correcto o para no hacer lo incorrecto. Pero creo, sin duda que hay alguna excepción que confirme la regla.
Como dijiste todos son unos cabrones, hoy te puedo decir que yo soy un cabrón, que todos son cabrones, pero que hay excepciones a la regla. Valientes a los que admiro. Así como creo en las expceciones a cuantos ideales he traicionado. Busca... No dejes de creer en los ideales porque hay personas que aun creen y luchan por ellos, que caminan buscándote, y que necesitan encontrarte...
Frd. Alejandro
domingo, 11 de mayo de 2008
De una madre de lepe:
Este escrito lo lei hace mil años pero creo que esta muy chulo asi que mi amigo google me lo ha encontrado... Hoy perrería
Querido hijo:
Te escribo estas letras para que sepas que estoy viva. Estoy escribiéndote despacio porque sé que tú no eres capaz de leer deprisa. Si recibes esta carta es que te llegó, y si no, me lo dices y te la mando otra vez.
El tiempo por aquí no está mal: la semana pasada sólo llovió dos veces; la primera estuvo lloviendo tres días, y la segunda cuatro. Ya te mandé la chaqueta, pero te digo que tu tío Pepe dijo que si la mandábamos con botones pesaría mucho, y el envío sería muy caro, así que se los quitamos y se los metimos en el bolsillo de dentro.
Por fin ya pudimos enterrar a tu abuelo; lo encontramos cuando lo de la mudanza; estaba metido en el armario desde aquel día que nos ganó jugando al escondite. Al menos ha sido todo un hombre hasta el fin, ya que jamás pudo salir del armario. Te cuento que el otro día explotó la cocina de gas y tu padre y yo salimos disparados por el aire y caímos fuera de la casa. ¡Qué emoción! Era la primera vez que tu padre y yo salíamos juntos de casa en treinta años. Vino el médico y me puso un tubo de cristal en la boca y me dijo que no podía hablar en dos días. Tu padre quería comprarle el tubo.
Perdona la mala letra y las faltas de ortografía; es que yo me canso de escribirte y ahora le estoy dictando a tu padre y ya sabes lo burro que es. Y hablando de tu padre, ¡qué orgulloso está!. Te cuento que ahora tiene un buen trabajo, tiene 500 personas por debajo de él; es el nuevo sepulturero municipal. El otro día leyó en el periódico que, según las encuestas, la mayoría de los accidentes ocurren a un kilómetro de casa, así que nos mudamos más lejos. No vas a reconocer la casa; el sitio es muy guapo y hasta tengo lavadora, aunque no estoy segura de que funcione. Ayer metí la ropa, tiré de la cadena y desde ese momento no la volví a ver.
Tu hermana Julia, la que se casó con su marido, parió. Como todavía no sé de qué sexo es, no puedo decirte si eres tío o tía. Si es niña van a llamarla como yo. Ella, a tu hermana la llamará mamá.
La otra hermana, Pilar, esta embarazada de cinco meses.Tu padre tan desconfiado como siempre le preguntó si estaba segura de que era de ella.
Y por último, tu hermano Juan sigue tan despistado como siempre; el otro día cerró el coche, dejo las llaves dentro y tuvo que ir tres km. para allá y tres km. para acá, hasta casa, a por el duplicado, para poder sacarnos a tu padre y a mi de dentro del coche. Tu primo Paco se casó y pasa toda la noche rezándole a la mujer porque le dijeron que era virgen. A quien nunca más vimos por aquí es al tío Carlos, el que murió el año pasado. Ahora el que nos tiene preocupados es tu perro; está empeñado en correr detrás de los coches que están parados.
¿Recuerdas a tu amigo Antón? Ya no está en este mundo. Su padre murió hace dos meses y como había pedido ser enterrado en el lago, el pobre Antón murió cavando la poza en el fondo.
Bueno, hijo, no te pongo dirección de la carta porque no la sé. La gente que vivió aquí antes, se llevó los números para no tener que cambiar de domicilio. Si ves a doña Remedios salúdala de mi parte, y si no las ves no la digas nada.
Un abrazo. Te quiere, tu madre
P.D. Iba a mandarte 100 euros pero ya cerré el sobre.
Querido hijo:
Te escribo estas letras para que sepas que estoy viva. Estoy escribiéndote despacio porque sé que tú no eres capaz de leer deprisa. Si recibes esta carta es que te llegó, y si no, me lo dices y te la mando otra vez.
El tiempo por aquí no está mal: la semana pasada sólo llovió dos veces; la primera estuvo lloviendo tres días, y la segunda cuatro. Ya te mandé la chaqueta, pero te digo que tu tío Pepe dijo que si la mandábamos con botones pesaría mucho, y el envío sería muy caro, así que se los quitamos y se los metimos en el bolsillo de dentro.
Por fin ya pudimos enterrar a tu abuelo; lo encontramos cuando lo de la mudanza; estaba metido en el armario desde aquel día que nos ganó jugando al escondite. Al menos ha sido todo un hombre hasta el fin, ya que jamás pudo salir del armario. Te cuento que el otro día explotó la cocina de gas y tu padre y yo salimos disparados por el aire y caímos fuera de la casa. ¡Qué emoción! Era la primera vez que tu padre y yo salíamos juntos de casa en treinta años. Vino el médico y me puso un tubo de cristal en la boca y me dijo que no podía hablar en dos días. Tu padre quería comprarle el tubo.
Perdona la mala letra y las faltas de ortografía; es que yo me canso de escribirte y ahora le estoy dictando a tu padre y ya sabes lo burro que es. Y hablando de tu padre, ¡qué orgulloso está!. Te cuento que ahora tiene un buen trabajo, tiene 500 personas por debajo de él; es el nuevo sepulturero municipal. El otro día leyó en el periódico que, según las encuestas, la mayoría de los accidentes ocurren a un kilómetro de casa, así que nos mudamos más lejos. No vas a reconocer la casa; el sitio es muy guapo y hasta tengo lavadora, aunque no estoy segura de que funcione. Ayer metí la ropa, tiré de la cadena y desde ese momento no la volví a ver.
Tu hermana Julia, la que se casó con su marido, parió. Como todavía no sé de qué sexo es, no puedo decirte si eres tío o tía. Si es niña van a llamarla como yo. Ella, a tu hermana la llamará mamá.
La otra hermana, Pilar, esta embarazada de cinco meses.Tu padre tan desconfiado como siempre le preguntó si estaba segura de que era de ella.
Y por último, tu hermano Juan sigue tan despistado como siempre; el otro día cerró el coche, dejo las llaves dentro y tuvo que ir tres km. para allá y tres km. para acá, hasta casa, a por el duplicado, para poder sacarnos a tu padre y a mi de dentro del coche. Tu primo Paco se casó y pasa toda la noche rezándole a la mujer porque le dijeron que era virgen. A quien nunca más vimos por aquí es al tío Carlos, el que murió el año pasado. Ahora el que nos tiene preocupados es tu perro; está empeñado en correr detrás de los coches que están parados.
¿Recuerdas a tu amigo Antón? Ya no está en este mundo. Su padre murió hace dos meses y como había pedido ser enterrado en el lago, el pobre Antón murió cavando la poza en el fondo.
Bueno, hijo, no te pongo dirección de la carta porque no la sé. La gente que vivió aquí antes, se llevó los números para no tener que cambiar de domicilio. Si ves a doña Remedios salúdala de mi parte, y si no las ves no la digas nada.
Un abrazo. Te quiere, tu madre
P.D. Iba a mandarte 100 euros pero ya cerré el sobre.
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